jueves, 19 de mayo de 2016

Pensar, todavía

Man darf nicht alles machen, was man machen kann
(No debemos hacer todo lo que “podemos” hacer)

Lo que se plantea a continuación es si la capacidad técnica de hacer algo se debe convertir en una obligación moral de llevarlo a cabo. Es decir, junto a los diversos tipos de moral que se propugnan, como por ejemplo, moral intelectualista, esteticista, naturalista o religiosa, ¿cabe en nuestros días establecer la moral tecnológica? La cuestión no es baladí. Podría tener hasta un tinte religioso, en el sentido de que, si hemos sido creados con inteligencia y debemos cultivar la inteligencia, cuando la inteligencia humana descubre nuevas posibilidades para transformar el mundo, ¿no tendrá la obligación “religiosa” de llevarlas a cabo?
De hecho, un libro fundamental para entender –aunque sólo sea un poco- el hecho social de nuestros tiempos, viene a descubrir que en el fondo de ciertos comportamientos subyace un entramado ético-moral fundamentado en una concepción religiosa del mundo y de la vida del hombre en el mundo. Me refiero a La Ética protestante y el espíritu del capitalismo, la obra más conocida de Max WEBER. En él se pone  en claro el origen calvinista de esa especie de adoración del trabajo, no por sí mismo, sino como cumplimiento de un deber religioso. Trabajar es la salvación para el hombre, porque con el trabajo y sólo con él cumple su misión religiosa durante su vida terrenal.
“La primera manifestación (del amor al prójimo) es el cumplimiento de las tareas profesionales impuestas por lex naturae, con un carácter específicamente objetivo e impersonal: como un servicio para dar estructura racional al cosmos que nos rodea”.
“En segundo lugar, como medio principalísimo de conseguir dicha seguridad en sí mismo, se inculcó la necesidad de recurrir al trabajo profesional incesante, único modo de ahuyentar la duda religiosa…”
“Esta recomendación del trabajo profesional como medio de ahuyentar la angustia suscitada por el sentimiento de la propia inferioridad moral, recuerda la interpretación psicológica que daba PASCAL al afán de dinero y la ascesis profesional, como un medio inventado para engañarse sobre la propia nulidad ética”.
“Contra la tentación sexual, como contra la duda o la angustia religiosa, se prescriben distintos remedios: dieta sobria, régimen vegetariano, baños fríos; pero, sobre todo, esta máxima,: “trabaja duramente en tu profesión”.
Para entender la posibilidad, ya real en muchos ámbitos, de una moral tecnológica, sólo hay que tener en cuenta que el trabajo se ha convertido en trabajo técnico, y que se ha olvidado el origen religioso del “deber de trabajar”. Por lo demás, parece que en el sistema universal tecnopolita lo que no tiene la marca de trabajo técnico, no es moral; delendum est.
Hay como un manto invisible que cubre la humanidad global y la determina –le pone los términos, las fronteras- en un campo de productivismo técnico, amputándole de manera constante cualquier facultad que pudiera dirigirlo más allá de esas fronteras. Un autor checo poco conocido, Jan Patocka, tiene un libro denso e incitante, titulado Ensayos heréticos. Uno de esos ensayos es: “Sobre si la civilización técnica es una civilización en decadencia y por qué”. Y allí podemos leer estos párrafos:
“El hombre de la época industrial es incomparablemente más poderoso que el de las épocas precedentes, dispone de un almacenamiento de fuerzas mucho mayor. Al no bastarle la tierra, se aventura hasta los dominios subatómicos de que se alimentan las estrellas. Vive en una sociedad de una densidad inconmensurablemente más elevada y se aprovecha de ello para intensificar proporcionalmente la presión que ejerce sobre la naturaleza a fin de obligarla a entregarle un quantum siempre creciente de esta energía que él confía en integrar a los esquemas de sus cálculos para ponerse a continuación en el tablero de mando…
Al mismo tiempo la evolución intrínseca de la producción, de las técnicas y de las prácticas comerciales y financieras, conduciría al nacimiento de un racionalismo de un tipo completamente nuevo, el único que conocemos: el racionalismo que, queriendo dominar las cosas, es dominado por ellas (por el deseo de beneficio).
… de esa autonomía del proceso de producción que caracteriza al capitalismo moderno. Éste no tarda en romper la cáscara del impulso religioso y establece una alianza con el racionalismo moderno, orientado esencialmente hacia el exterior, alienado de su misión personal y moral, con su formalismo matemático infinitamente eficaz y su rostro próspero vuelto hacia el dominio de la naturaleza, del movimiento y de las fuerzas: ese mecanicismo moderno que muy gustosamente se transforma en maquinismo, aportando así su contribución a lo que llamamos la  Revolución industrial. A continuación, ésta se ramifica a través de nuestra vida, sobre la cual ejerce una influencia cada vez más completa: ni la humanidad europea ni, actualmente, la humanidad en general pueden ya, en su especialización profesional y en el confuso entrelazarse de sus intereses, existir materialmente sin ese modo de producción que se basa cada vez más masivamente en la ciencia y en la técnica (devastando, desde luego, las reservas de energía mundial, planetaria), por más que el dominio racional, la fría “verdad” del más frío de los monstruos, oculte hoy enteramente su origen… y adopte el aspecto de serlo todo, de ser el amo del cosmos.
… H. Arendt ha subrayado que el hombre ya no entiende lo que hace ni lo que calcula, que se contenta, en su relación con la naturaleza, con la simple dominación práctica y la previsión carente de inteligibilidad. En el campo de las ciencias de la naturaleza ha dejado de pisar el suelo de esta tierra mucho antes de los viajes espaciales. Ha perdido ese suelo firme bajo sus pies que es el objeto de su misión. Pero con ello ha renunciado al mismo tiempo a sí mismo, a su posición específica en el universo, posición consistente en que es el único entre las criaturas vivas que conocemos que se refiere al ser, que es esa referencia. El ser deja de ser un problema desde el momento en que todo lo que es se halla al descubierto en su absurdo cuantificable.”
Estas citas del filósofo checo vienen a poner de manifiesto la situación sociológica del hombre aprisionado en el sistema tecnocrático, y no dejan de proponernos una cuestión sobre lo que llamo la moral tecnológica. Como se sabe, la etimología del término “moral” nos lleva a la palabra latina mos-moris, que viene a significar “costumbre”, aquello que “se hace” normalmente en un grupo social. En principio, lo moral no es bueno ni malo, respecto a un valor trascendente de la bondad. Si en un grupo social es costumbre que los hombres sean polígamos, será inmoral un hombre incapaz de maridar a varias hembras. En un grupo social de costumbres monógamas será inmoral el comportamiento del que cohabite con más de una. Para saber si es bueno o malo en un sentido absoluto, este o aquel comportamiento, tendremos que referirnos a concepciones religiosas o metafísicas sobre la naturaleza esencial del hombre. Ahora bien, en un mundo en que el hombre sólo sea una pieza del entramado de producción global tecnológica, tecnocráticamente dirigido, y en el que haya perdido su referencia al ser, al menos como pregunta, quizá la moral, la costumbre, sea efectivamente la última instancia de comportamiento. Y, en ese caso, tanto el poeta, el religioso, como el revolucionario no tienen lugar, ni se les debe permitir tenerlo. La tecnocracia debe eliminar la revolución, y la pregunta crítica. Al hombre ya no le queda otra norma de conducta tranquilizadora más que la moda, lo que se lleva; y más concretamente la moda tecnológica. Gastar sus fuerzas, su tiempo, su “alma” en algo distinto, es inmoral, rechazable. En todo caso, se tolerará la presencia de algún pensador desconectado de la red de aparatos, como un accidente dentro del proceso, digno de compasión, o de benévola mirada nostálgica, como la que se tiende sobre las antiguallas de la abuela guardadas en el desván.
Y, con todo, no veo yo la cosa tan sencilla. Porque no puedo dejar de formular preguntas a quienes se conforman con esa vida fundada en la moral tecnológica.
La moral tecnológica tiene que contestar a esa pregunta de fondo:¿debemos hacer todo lo que podemos hacer? Cuando yo era casi un mozalbete, primerizo en las tareas filosóficas, escribí una apostilla a pie de página en un libro de ética, que correspondía al supuesto de que la humanidad deba regirse por el tándem opuesto y, a la vez, complementario, de pregunta tecnológica-acción técnica. Porque, si ello fuera así, (me preguntaba entonces y me sigo preguntando ahora [1]) en el supuesto de que alguien ideara construir una bomba –o un sistema- con energía suficiente para destruir el planeta Tierra, ¿debía sentirse con la obligación moral-tecnológica de llevar a cabo la prueba final –nunca mejor dicho- para dar cumplimiento a la exigencia de su intelecto? Si alguien piensa que eso es absurdo, debe tener claro que “eso” es exactamente el esquema de la catástrofe bélica llevada al extremo. Esta cuestión-límite abre una brecha en la veneración hacia el absolutismo tecnológico.




[1] 5 DE SEPTIEMBRE 2005 | GINEBRA -- En total, hasta cuatro mil personas podrían morir a causa de la radiación a la que se vieron expuestas a raíz del accidente ocurrido en la central nuclear de Chernóbil hace casi 20 años, según las conclusiones a que ha llegado un equipo internacional integrado por más de 100 científicos.
A mediados del año 2005, sin embargo, no llegan a 50 las defunciones atribuidas directamente a la radiación liberada por el desastre; casi todas esas muertes fueron de trabajadores de servicios de emergencia que sufrieron una exposición intensa y fallecieron a los pocos meses del accidente, pero otras se produjeron más tarde, algunas incluso en 2004.
Las nuevas cifras se presentan en un informe que marca un hito histórico, titulado “Chernobyl’s Legacy: Health, Environmental and Socio-Economic Impacts” (La herencia de Chernóbil: repercusiones sanitarias, ambientales y socioeconómicas), que acaba de publicar el Foro de las Naciones Unidas sobre Chernóbil. En el informe, que resume un documento de 600 páginas publicado en tres volúmenes y recoge el trabajo de centenares de científicos, economistas y expertos del sector de la salud, se evalúan los efectos producidos en 20 años por el mayor accidente nuclear de la historia. El Foro está integrado por ocho organismos especializados de las Naciones Unidas, a saber, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCAH-NU), el Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR) y el Banco Mundial, así como por los Gobiernos de Belarús, Rusia y Ucrania.
“Esta recopilación de las investigaciones más recientes puede ayudar a responder a las preguntas pendientes sobre cuántas muertes, enfermedades y consecuencias económicas realmente produjo el accidente de Chernóbil”, explica el Dr. Burton Bennett, presidente el Foro sobre Chernóbil y autoridad en materia de efectos de las radiaciones. “Los Gobiernos de los tres países más afectados se han dado cuenta de que deben encontrar una manera clara de avanzar, y de que para ello necesitan un firme consenso acerca de las consecuencias ambientales, sanitarias y económicas, así como buenos consejos y apoyo de la comunidad internacional.”
“Fue un accidente muy grave, con importantes consecuencias para la salud, especialmente para los miles de trabajadores que estuvieron expuestos en los primeros días a dosis muy altas de radiación, y los otros miles de personas que contrajeron un cáncer de tiroides. En general, sin embargo, no hemos encontrado efectos negativos profundos en la salud del resto de la población de las zonas circundantes, ni tampoco una contaminación generalizada que siga suponiendo una amenaza sustancial para la vida humana, salvo en algunas zonas excepcionales y restringidas”, añade el Dr. Bennett.
El informe del Foro se propone ayudar a los países afectados a entender la verdadera escala de las consecuencias del accidente, y formula también sugerencias sobre las formas en que los Gobiernos de Belarús, Ucrania y Rusia podrían abordar los principales problemas económicos y sociales. Los miembros del Foro, incluidos representantes de los tres Gobiernos, se reunirán en Viena los días 6 y 7 de septiembre en un encuentro sin precedentes de los expertos del mundo en el accidente de Chernóbil, los efectos de la radiación y la protección radiológica, para examinar esas conclusiones y recomendaciones.

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